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Avalancha de especies invasoras

miércoles 22 de octubre de 2014, 11:53h
En los últimos números de Quercus hemos dedicado mucha atención a las especies exóticas, tanto animales como vegetales, que han logrado aclimatarse a nuestras latitudes. En junio publicamos un bloque temático dedicado a siete plantas ajenas a nuestra flora; en julio destacamos el caso de Artemia franciscana, un pequeño crustáceo de las aguas salinas que amenaza con desplazar a nuestra fauna de artemias; en agosto nos ocupamos de la llegada del camarón oriental al estuario del Guadalquivir y en este mes de septiembre informamos sobre la primera cita en España del mosquito tigre, un insecto asiático potencialmente peligroso. Y la cosa no acaba aquí, para el mes de octubre prometemos hablar de Craspedacusta sowerbyi, una curiosa medusa de agua dulce encontrada en un embalse de Extremadura y que procede del río Yangtsé (China).

Hasta ahora, el problema de las especies invasoras sólo había preocupado cuando afectaba a sistemas insulares, algunos tan famosos como Hawai, Galápagos, Mauricio o Juan Fernández, la isla de Robinsón Crusoe, muchos de los cuales también han aparecido comentados en Quercus. Son, evidentemente, más frágiles que los continentes, pero también es cierto que su aislamiento y reducido tamaño facilita las labores de control y erradicación. Sin embargo, el fenómeno ha alcanzado ya dimensiones globales y puede incluirse entre los principales problemas que afectan al planeta en su conjunto, como la pérdida de biodiversidad y el cambio climático. Quizá sea la tercera cabeza de un mismo dragón –la desmesurada codicia humana– y un síntoma más de los frenéticos tiempos que nos han tocado vivir. En un mundo cada vez más interconectado y donde el trasiego de mercancías es constante, lo extraño sería que no se produjeran introducciones, intencionadas o no, de especies procedentes de lugares lejanos.

El problema de las especies exóticas es que compiten con las nativas y alteran la estructura funcional de los ecosistemas. Algunas son incapaces de adaptarse a las nuevas condiciones del entorno y perecen. Pero las que logran sobrevivir, suelen ser muy agresivas, pues se benefician de un espacio que carece de los mecanismos reguladores de su región de origen.

Además de los ya apuntados, en España tenemos varios casos claros de especies introducidas que compiten directamente con sus congéneres autóctonos. Uno de ellos es el del visón americano, que no solo desplaza al visón europeo allí donde ambos coinciden, sino que actúa como vector de la enfermedad aleutiana, para la que nuestra especie carece de defensas.

En la página 66 damos la buena noticia de que ha terminado con éxito nuestro primer intento de criar visones europeos en cautividad. Sin duda, un gran avance para la amenazada población occidental de esta especie, relegada a España y Francia. Pero la verdadera batalla del visón europeo se libra lejos de los centros de cría, en las cuencas fluviales donde su hábitat se encuentra en regresión y en la pugna que mantiene con el visón americano. No tenemos que viajar al trópico para presenciar los efectos devastadores de una especie introducida y ya es hora de que adoptemos las medidas necesarias para evitarlo. El argumento de que las especies se mueven libremente y siempre ha habido invasiones suena más a excusa interesada que a genuino interés por la biogeografía.

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