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Tráfico internacional de animales y plantas

miércoles 22 de octubre de 2014, 11:53h
Al lado de los grandes problemas ambientales de nuestro tiempo, el trasiego de especies animales y vegetales parece un asunto menor, pero algunas cifras demuestran claramente lo contrario.
Al lado de los grandes problemas ambientales de nuestro tiempo, el trasiego de especies animales y vegetales parece un asunto menor, pero algunas cifras demuestran claramente lo contrario. Por ejemplo, entre los años 2000 y 2005 la Unión Europea importó 3’4 millones de lacértidos, 2’9 millones de cocodrilos y 3’4 millones de pieles de ofidio, además de 300.000 serpientes vivas destinadas al mercado de mascotas. En ese mismo periodo de tiempo entraron 424 toneladas de caviar, que representan la mitad de las importaciones mundiales, y sólo en 2004 más de 10 millones de metros cúbicos de madera tropical procedente de África, Suramérica y Asia, cuyo valor puede calcularse en 1.200 millones de euros. En el año 2005, la importación de todos estos productos de origen silvestre arrojó un monto de 93.000 millones de euros y hay que tener muy en cuenta que estamos hablando únicamente del comercio legal. Entre 2003 y 2004 las autoridades aduaneras europeas decomisaron más de 7.000 remesas ilegales de animales y plantas, que arrojaron un total de 3’5 millones de especimenes, la mayoría de ellos protegidos por el convenio CITES. Capítulo aparte merecen las aves vivas, cuyo tráfico ha quedado prohibido en la Unión Europea, no por razones relacionadas con la conservación de la biodiversidad, sino para evitar el riesgo de que se extienda la gripe aviar. Hasta ahora, más de 6 millones de aves eran capturadas anualmente para venderlas en Europa como animales de compañía.

Toda esta batería de datos procede de un reciente informe hecho público por el Programa Traffic, impulsado por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) y la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) con el propósito de vigilar el comercio mundial de especies amenazadas y sus derivados. Como bien dice Susan Lieberman, directora del Programa Internacional de Especies de WWF, “cualquiera que sea su origen y mecánica, nada cambiará si los gobiernos no se toman en serio este comercio y su impacto en la conservación y en los medios de vida de las poblaciones locales.” En este sentido, también conviene destacar iniciativas que promueven un comercio justo y legal de productos de origen silvestre, capaz de beneficiar a pequeñas comunidades y ayudarlas a preservar sus recursos naturales. Sin ir más lejos, la Unión Europea importa el 95% de la lana de vicuña, un camélido suramericano explotado en régimen de semilibertad, lo que proporciona ingresos a unas 700.000 personas de las zonas más empobrecidas de los Andes.

La madera que viene avalada por el marchamo FSC (siglas en inglés del Consejo de Administración Forestal) también abre un resquicio a la esperanza, pues procede de bosques explotados de forma sostenible y evita las talas ilegales que con tanta frecuencia se producen en todo el mundo. Hace un par de meses, WWF/Adena felicitó públicamente al Ministerio de Fomento y al ente público Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea (AENA) por exigir madera certificada FSC en las obras de ampliación del aeropuerto de Barcelona. Casi al mismo tiempo, Greenpeace hacía lo propio con la empresa Idisa Papel tras romper sus relaciones comerciales con Asia Pulp & Paper (APP), implicada en la destrucción de bosques de alto valor ecológico en la isla de Sumatra. Finalmente, Leroy Merlín España, firma propietaria de grandes establecimientos de bricolaje, se ha incorporado al WWF Grupo 2000 con el compromiso de impulsar progresivamente la compra de productos forestales avalados por el sello FSC. Algo empieza a cambiar.
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