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A vueltas con el cambio climático

miércoles 22 de octubre de 2014, 11:53h
Como ya hemos reflejado varias veces en Quercus, los efectos del cambio climático serán patentes en aquellas especies muy vinculadas a un determinado rango de altitud. El aumento de las temperaturas hará que las franjas ahora establecidas se desplacen y estrechen, e incluso que desaparezcan las más extremas, tanto por arriba como por abajo. Animales y plantas tendrán que reajustar su área de distribución, según la flexibilidad de cada cual para adaptarse a las nuevas circunstancias, y repartirse un espacio vital cada vez menor. Con el calor llegarán nuevos competidores y parásitos, de manera que no sólo cambia el clima y la distribución altitudinal, sino también el complicado engranaje de las relaciones ecológicas. Algunas especies no tendrán dónde huir, a otras les faltará capacidad de reacción y todas deberán enfrentarse al acuciante factor tiempo. Una situación que favorece a los miembros más banales y oportunistas de cada comunidad. El resultado es, sin duda, otro de los ogros de nuestra época: la pérdida de biodiversidad.

El gelada, un primate africano al que dedicamos un amplio reportaje en este número de Quercus, es un buen ejemplo de las dificultades que acechan a los habitantes de los altiplanos y las zonas de montaña. Vive en las cumbres y laderas de unos pocos macizos de Etiopía, asociado a los pastizales de altura, de manera que es uno de los muchos afectados por la pérdida o reducción paulatina de su hábitat. Robin Dunbar, el mayor especialista mundial en geladas, afirma que un incremento de cinco grados en la temperatura podría eliminar a más de la mitad de su población, cifrada por los más optimistas en varios cientos de miles de ejemplares.

También publicamos un Manifiesto por la supervivencia, firmado por alumnos del quinto curso de Biología de la Universidad Autónoma de Madrid, en el que otorgan un destacado papel a la “retroalimentación positiva” que refuerza y acelera el cambio climático, un proceso derivado de las actividades humanas que da lugar a una serie de círculos viciosos difíciles de revertir. Pero, sobre todo, los futuros biólogos ponen el dedo en la llaga al culpar al actual modelo de desarrollo, claramente insostenible, como la verdadera causa del cambio climático. Mientras se impongan las recetas neocapitalistas impulsadas desde los países occidentales, no habrá ninguna solución tecnológica o política al efecto invernadero.

En este sentido, no deja de ser un pequeño pero muy llamativo avance el acuerdo sobre el clima al que llegaron los ocho países más industrializados del mundo en la cumbre que celebraron el pasado mes de junio en Alemania. Según una nota difundida por WWF/Adena, el objetivo consiste en no rebasar los 2ºC de aumento en la temperatura media respecto a los niveles preindustriales. Aunque, eso sí, sin calendarios ni compromisos concretos. Pero dicho acuerdo sitúa a Estados Unidos, Canadá y Japón más cerca de los postulados defendidos por la Unión Europea, lo cual, sin ser gran cosa, ya es algo. Y, desde luego, nada se habría logrado sin la presión ejercida por las organizaciones ambientales y la opinión pública.

Mientras tanto, Al Gore sigue adelante con su cruzada. Fue una de las figuras descollantes en el Primer encuentro internacional de amigos de los árboles, celebrado en Barcelona el 23 de junio, donde hizo un alegato en favor de la reforestación durante su discurso de clausura. Ningún problema ambiental había levantado hasta ahora tanta polvareda y sería un delito no aprovechar bien la ocasión.

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