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Una cumbre sin pena ni gloria

miércoles 22 de octubre de 2014, 11:53h
La falta de unanimidad, ante la oposición de países como Japón y Estados Unidos, de dotar de más presupuesto al Convenio de Lucha contra la Desertificación, ha impedido que la octava cumbre de los países firmantes se haya clausurado con el objetivo pretendido de relanzar este tratado internacional, creado en París en 1994. Había esperanzas de que Madrid, sede de este encuentro durante la primera mitad del pasado septiembre, marcase un antes y un después en el devenir de un convenio que, tras más de diez años de vida, ha visto muy mermada la confianza de la comunidad internacional en su eficacia, en medio de un mar de críticas al exceso de burocracia.

Los esfuerzos de la anfitriona, Cristina Narbona, y los organizadores por alcanzar un acuerdo con suficiente relevancia no han bastado. Nuestra ministra de Medio Ambiente dejó traslucir su pesimismo en un llamamiento final para que el Convenio de Lucha contra la Desertificación marque objetivos concretos y cuantificables. Es más, Narbona reiteró la adhesión de España a una propuesta apoyada por más de veinte países de crear una organización mundial del medio ambiente única, con el fin de integrar esfuerzos y establecer sinergias, de manera que los instrumentos y procedimientos de los convenios con más peso específico, como el de cambio climático, puedan ser aplicados a otros cuya eficacia es más dudosa.
“Si queremos de verdad frenar el deterioro del planeta –enfatizó la ministra– hace falta que los acuerdos internacionales tengan carácter vinculante y puedan imponer sanciones para los países que los incumplen”. La pérdida de suelo fértil afecta a la seguridad alimentaria, incrementa la pobreza, dispara las migraciones internacionales, genera conflictividad regional e inestabilidad social y, en general, pone en riesgo la salud y bienestar de 1.200 millones de personas en más de cien países. No es admisible que el convenio destinado a luchar contra este círculo perverso de la desertificación no tenga poder efectivo y en cambio sí, por poner un ejemplo, una entidad como la Organización Mundial del Comercio (OMC), con los gravísimos problemas ambientales y sociales que conlleva.

Tras las dos semanas intensas de trabajo en Madrid, con delegaciones de casi doscientos países y más de dos mil participantes, cunde la sensación de que este tipo de cumbres deberían replantearse, recortando drásticamente por ejemplo los días de reunión, lo que supondría el ahorro de mucho dinero que podría dedicarse realmente a frenar los problemas medioambientales en los países más afectados.

Por último se han reclamado mejores mecanismos de participación de la sociedad civil en los procesos de negociación del Convenio de Lucha contra la Desertificación. Las ONG exigen más protagonismo, dada su importancia en funciones tales como la de ser portavoces de las comunidades locales y las poblaciones marginadas. Cobró especial relevancia en este sentido la presencia de representantes de pastores nómadas de diversas partes del planeta en el Palacio de Exposiciones y Congresos de Madrid, donde se celebraba la cumbre, para reivindicar la importancia de la cultura trashumante ante el problema de la desertificación y la gestión de las zona áridas. “Si los pastores nómadas han sobrevivido diez mil años es porque su sistema de aprovechamiento de los pastos es tan delicado y especializado como los propios ecosistemas en los que habitan, la mayoría con suelos pobres e incluso semidesiertos”, explicaron los organizadores del Encuentro Mundial de Pastores Nómadas y Trashumantes, que por esas mismas fechas (del 8 al 16 de septiembre) tenía lugar en La Granja (Segovia), a iniciativa de las ONG Trashumancia y Naturaleza y RedPastor.

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