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Lobos, buitres y pastores nómadas

miércoles 22 de octubre de 2014, 11:53h
Qué tienen en común los lobos, las aves carroñeras y los pastores trashumantes? Pues mucho, ya que todos ellos son protagonistas de un modelo de desarrollo que ha entrado en crisis, avasallado por la moderna corriente que persigue la intensificación de todos los sistemas productivos. La estrategia anterior tenía un impacto sobre la naturaleza, como cualquier actividad humana desde el Neolítico, pero era mucho más fácil de asumir que el vigente afán exprimidor del neoliberalismo, a todas luces insostenible. El lobo es una reliquia de la España rural, los buitres han proliferado gracias a los desechos ganaderos y los pastores nómadas sobreviven como curiosidad en un mundo que favorece lo sedentario. Apostar por estos tres agentes es, a fin de cuentas, otra forma de luchar por un entorno más armónico y saludable, más ajustado a las leyes naturales. No debe extrañar, por lo tanto, que la primera conclusión de los expertos reunidos en las terceras Jornadas sobre Buitres, celebradas en Plasencia (Cáceres) el pasado verano, destaque la importancia de “mantener las relaciones de los buitres con la ganadería extensiva para asegurar la supervivencia de ambos”. Tampoco es casualidad que el encabezamiento de la Declaración de Segovia, fruto de un reciente Encuentro Mundial de Pastores Nómadas y Trashumantes que ha tenido lugar en La Granja de San Ildefonso, considere al “pastoreo migratorio como una estrategia productiva adaptada que garantiza la supervivencia económica de cientos de millones de personas, así como una forma de vida que contribuye al manejo sostenible de los recursos naturales y a la conservación de la naturaleza.” Y conviene tener en cuanta las proféticas palabras de Juan Carlos Blanco –biógrafo de Ernesto– cuando hace ya algunos años decía que el lobo ibérico debía conservarse como tal, no como una especie en decadencia que dependiera de los basureros de los pueblos para encontrar comida. Triste estampa la de un lobo tan venido a menos. Seguiría siendo un tótem de nuestra sociedad, pero reflejaría, a su modo, el alejamiento paulatino –quizá definitivo– entre el hombre y la naturaleza. Todas estas ideas han sido abordadas en números anteriores de Quercus y gravitan sobre muchas de las páginas de la presente entrega. Estamos ante una pugna entre lo extensivo y lo intensivo, lo sostenible y lo insostenible, lo nómada y lo sedentario, lo natural y lo artificial, la libertad y la opresión. No es ningún empeño baladí, pues con estos trazos dibujaremos el futuro, que será muy distinto según prevalezcan unos criterios u otros. La tendencia mayoritaria, aborregada en el peor sentido de la expresión, es la huida hacia delante, amparada en esos mensajes complacientes que nunca faltan y que ayudan a eludir la realidad. Reclamar como vigentes las fórmulas que han dado resultado durante siglos es caer en la obsolescencia, cuando no oponerse a un supuesto progreso en el que la humanidad cifra su pretendido éxito. Pero, lo peor de todo no es encogerse de hombros y mirar hacia otro lado, sino estar convencido de que el actual modelo de desarrollo, con sus avances tecnológicos, encontrará tarde o temprano la salida del laberinto en el que estamos metidos sin renunciar a un solo capricho de la sociedad de consumo. Aunque más valdría actualizar el concepto y hablar ya, sin ambages, de la sociedad del despilfarro.

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