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OTOÑO CALIENTE

miércoles 22 de octubre de 2014, 11:53h
Al margen del lenguaje que estimen más correcto utilizar
los políticos –crisis, recesión, enfriamiento, incluso
¡crecimiento negativo!– ya nadie duda de que la economía
española se encuentra en un periodo de vacas flacas. Uno
de los primeros síntomas fue el desfallecimiento de la construcción.

Lógico, por otra parte, si tenemos en cuenta el ritmo
desaforado al que se reclasificaba y urbanizaba terreno en este país.

José Luis Rodríguez Zapatero trató de tranquilizar al electorado
con la promesa de que iba a compensar la caída de la construcción
con mucha obra pública, de manera que los trabajadores
pudieran recolocarse y no se resintiera el ritmo de crecimiento.

De alguna manera hay que garantizar la paz social y el desarrollo
insostenible. Pero la receta, a efectos prácticos, viene a ser la
misma de antes, con el asfalto y el hormigón tomando el relevo
de los ladrillos y el cemento. Mal asunto para la naturaleza.

En países previamente destrozados, esos mismos que dominan
las finanzas mundiales, las inyecciones de moral suelen
ir destinadas al sector terciario, ya que han agotado todo
su crédito en recursos naturales. Nosotros aún conservamos
bastantes ahorros dentro de ese capítulo, así que parece la
hora de echar mano de ellos. Se presenta un otoño en el que
las organizaciones ecologistas tendrán que desempolvar sus
argumentos para criticar la obra pública redentora, pero seguramente
innecesaria. No estará tanto en juego la utilidad
de tal autopista o tal pantano, sino los indicadores económicos.

Todo a costa, claro está, de ir dilapidando poco a poco
el capital natural que hemos heredado de nuestros ancestros.

Son muchas las presiones a las que están sometidos los políticos
y las de las empresas constructoras no son las menores.

Hace falta, eso sí, disimular su codicia con mensajes orientados
al desarrollo y el bienestar, para dorar una píldora difícil
de tragar. También oiremos hablar de puestos de trabajo, claro
está, porque sin salarios no hay hipotecas ni consumo ni
todo el armazón sobre el que se sostiene el liberalismo económico.

Se diría que las empresas que más impactos generan
sobre el medio ambiente tienen bula para persistir en cualquier
escenario y nadie se plantea otra solución que la huida
hacia delante. Y luego se tacha de utópicos a quienes se atreven
a proponer un cambio de paradigma, un modelo menos
explotador y más basado en valores como la solidaridad, la
justicia y –el peor de los anatemas– una forma de vida más
sencilla y acorde con nuestras posibilidades reales, que vienen
a ser las mismas que las de un planeta superpoblado y
sobreexplotado. Eso sí que es recalentamiento económico y
ambiental.

Así que nos espera un otoño tórrido, no tanto por las temperaturas,
sino por las recetas económicas que van a imponer
los gurús del desarrollo insostenible a cualquier precio. Ha
terminado el ciclo de la construcción, ahora vendrá el de la
obra pública y, en cuanto nos descuidemos, llegarán los entusiastas
de la energía nuclear con su oportunista cantinela
sobre el cambio climático. De hecho, ya han empezado a
lanzar globos sonda, pero los recientes parones de algunas
centrales españolas y francesas, sumidas en un rosario de
irregularidades, les han obligado a poner la sordina y esperar
tiempos más propicios a sus intereses.

Nada nuevo bajo el sol, por otra parte, pero agudizado por
la creciente capacidad tecnológica de nuestra época. Ya se sabe
que, en tiempos de crisis, no está el horno para bollos integrales
de ingredientes biológicos.

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