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El hombre y el oso

miércoles 22 de octubre de 2014, 11:53h
Como ya sabrán todos los lectores de Quercus, el pasado 23 de octubre un cazador resultó atacado y levemente herido por una osa en el Pirineo catalán. A partir de entonces, no han cesado las peticiones desde distintos ámbitos para que se capture al animal y las consiguientes réplicas de los grupos ecologistas para que se regule la caza allí donde esta actividad comparte territorio con especies protegidas. Una polémica por lo demás estéril si nos atenemos a los hechos. La osa, conocida como Hvala, fue atosigada durante toda la mañana por los perros de los cazadores y es posible que estuviera acompañada de una cría. El acoso se saldó con un ataque sin consecuencias graves y a todas luces defensivo. Cualquiera que haya intentado observar a la fauna en su entorno natural sabe que la reacción habitual de los animales es la huida y de ahí que resulte difícil localizarlos, en especial a los mamíferos y más si son de gran tamaño. Podría decirse que para ser atacado por una osa hay que haber tenido una conducta temeraria.

El debate de fondo es otro. Cuando hablamos de amar y respetar la naturaleza, ¿a qué nos referimos exactamente? Es en casos como el protagonizado por la osa Hvala cuando quedan al aire todas las carencias de nuestra sociedad, por no decir su cinismo. Podemos sentirnos afortunados de que aún existan poblaciones de oso, o de lobo, en un país europeo e industrializado. Pero, por supuesto, las declaraciones de intenciones no bastan y, además, hay que saber convivir con especies que pueden causar problemas. Los daños del oso o del lobo deben ser reparados con prontitud y aceptar que, si queremos un entorno bien conservado, tenemos que asumir algunas molestias. Más problemas genera la vida en las ciudades, por no recurrir al tópico de los accidentes de tráfico, para que ahora nos rasguemos las vestiduras por un incidente aislado y anecdótico.

Hace ya bastantes años, en mayo de 1998, cuando Quercus iniciaba su etapa mensual, publicamos un artículo muy interesante de Pancho Purroy, Anthony Clevenger, Luis Costa y Mario Sáenz de Buruaga sobre la depredación de osos y lobos sobre el ganado y las especies de caza mayor en las montañas leonesas de Riaño. Dada su vigencia, ganas hemos tenido de publicarlo de nuevo dos décadas después. Una de sus conclusiones principales es que ni el oso ni el lobo viven por gusto en esos reductos montañosos, sino que los hemos acorralado allí a fuerza de cultivos, carreteras y construcciones. Basta con consultar algunos libros añejos para percatarse de que ambas especies habitaban hace pocos siglos en el centro peninsular. El lobo ha comenzado a reconquistar sus antiguos territorios, para disgusto de los mismos agoreros que ahora claman contra Hvala, mientras que el oso lo tiene más difícil. Pero se están dando los pasos necesarios para ello, con la oposición de un puñado de cavernícolas, y será de rigor ceder algo de terreno, aunque sea un poco, si de verdad queremos presumir de ser un país moderno y civilizado.

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