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Topillos, veneno y estupidez humana

miércoles 22 de octubre de 2014, 11:53h
Cuando aparezca este número de Quercus, es posible que miles de kilos de grano impregnado de bromadiolona hayan empezado a diseminarse masivamente por las llanuras castellanas. El único requisito que faltaba era la respuesta de un comité de expertos que asesora a la Junta de Castilla y León sobre el control de los topillos y dio su visto bueno el pasado 12 de febrero. Durante las semanas anteriores, quienes se oponen a esta ofensiva química lograron movilizar a sectores tan opuestos como ecologistas y cazadores. En una acción sin precedentes, las principales ONG conservacionistas del país y la Real Federación Española de Caza enviaron un informe conjunto a Miguel Arias Cañete, ministro de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, y a Silvia Clemente, consejera de Agricultura y Ganadería de Castilla y León, con el ruego de que no incurrieran en los errores del pasado y buscaran alternativas para prevenir los daños causados por el topillo.
Las campañas de envenenamiento masivo de 2007 y 2008 se saldaron con enormes daños a la fauna en la Meseta Norte. Un impacto completamente inútil, pues se ha demostrado que el veneno apenas afecta a los topillos. Los científicos saben que las plagas de topillo se van tal y como llegan, de forma natural y con relativa rapidez, en buena parte debido a la creciente presión de sus depredadores naturales, que aprovechan tan abundante fuente de alimento. Como es lógico, se ha intentado que los políticos llegarana entender que el veneno afecta sobre todo a esos depredadores que son sus aliados, pero sin resultado alguno. A los políticos no les importa el campo, ni los topillos, ni mucho menos los depredadores. Lo único que les preocupa son los votos y prefieren cometer una estupidez antes que desoír las exigencias de un futuro votante, aunque esté equivocado. ¿Con que resultado? Pues bien, las zonas más intensamente tratadas con bromadiolona acabaron siendo las más afectadas por las plagas de topillos. Políticos y agricultores están metidos en un bucle perverso y absurdo, con indeseables consecuenciaspara el resto de los ciudadanos.

Uno de estos científicos comprometidos es Javier Viñuela, que firma un valiente artículo en este número de Quercus (págs. 80-82). A veces reprochamos a los científicos que no se “mojen” lo suficiente, pero esta vez sí que han dado un puñetazo en la mesa con una unanimidad pocas veces alcanzada en España: unos 150 investigadores han suscrito un manifiesto contra el veneno como solución a las plagas de topillos. Los firmantes representan a buena parte de los especialistas que se dedican a la biología de la conservación en nuestro país, aunque también han dado su apoyo profesionales de otras disciplinas, como la toxicología.

El manifiesto de los científicos insiste en que hay alternativas, como destruir las madrigueras y el sistema de túneles del topillo labrando o inundando los cultivos. Pero el entusiasmo oficial por los venenos contrasta con el escaso apoyo a las buenas prácticas agrarias que reducen la probabilidad de una plaga. Algunos agricultores responsables no ven ya clara la rutina de envenenar y han empezado a apoyar proyectos como el de la asociación naturalista GREFA. En colaboración con varios organismos e instituciones científicas, GREFA trata de fomentar las poblaciones de rapaces que se alimentan de topillos, como los cernícalos y las lechuzas. Un camino mucho más sano, barato y, sobre todo, inteligente.
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