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Una modesta efeméride

viernes 30 de octubre de 2015, 18:43h
Dos años. Con este número de Quercus cumplimos dos años desde que dejamos atrás la etapa de la Editorial América Ibérica. Tampoco se trata de sacar pecho, pero el tiempo pasa tan rápido que casi no nos hemos dado cuenta. Hay dos cosas de las que podemos sentirnos orgullosos: haber mantenido contra viento y marea la línea editorial y, más prosaico pero no menos importante, sortear los escollos que amenazan a cualquier aventura financiera. Sabíamos cómo se hacía una revista, pero no cómo se pagaban las facturas. Bueno, sí que lo sabíamos, pero no éramos conscientes de lo difícil que resulta. Gestionar una empresa, aunque sea de mesa camilla, exige contaminarse de contabilidad, obligaciones fiscales y cuentas bancarias, por no hablar del duro tira y afloja con una buena pléyade de proveedores. ¡El mercado! También hay que ser precavido y guardar en la faltriquera lo que vas a necesitar al cierre de un trimestre. Parece que hemos descubierto la pólvora, pero ¿no habría otra forma de solventar estos asuntos?
Tampoco somos tan ingenuos. Lo veíamos en las organizaciones no gubernamentales, que deben ser más transparentes que cualquier empresa a la hora de presentar sus cuentas. También nos lo habían dicho muchos de los científicos que colaboran en Quercus y dan rigor a sus contenidos: ahora invierten más tiempo en labores burocráticas que en sus propias investigaciones. Y sabemos de buena tinta lo difícil que es conseguir dinero público para proyectos de conservación e investigación, con frecuencia rechazados por simples defectos de forma o con argumentos peregrinos. Todo este rigor se daría por bien empleado si fuéramos un ejemplo de pulcritud contable y administrativa, pero las noticias cotidianas se empeñan en negarlo.

Parece que es un mal endémico de las culturas latinas. Por lo visto, los anglosajones son más prácticos. Mientras que aquí el ciudadano de a pie es tratado como un presunto delincuente, allí se le concede el privilegio de la duda. Aquí, cuando efectivamente se demuestra el delito, cuesta un Congo que el responsable asuma su responsabilidad. Allí dimite inmediatamente o se le escabecha sin compasión, por defraudar, no ya al gobierno de turno, sino a la comunidad a la que pertenece. Aquí hay mil normas y otras tantas formas de sortearlas. Allí son pocas, pero eficaces. A la vista de los resultados, se diría que arrastramos una clara desventaja.

La migaja que representa Quercus nos ha descubierto, bien a las claras, las trabas que encuentra cualquier persona emprendedora para hacer, sencillamente, su trabajo. Nada que no sepan ya lectores y suscriptores, cada cual en sus respectivos afanes. Pero si hemos cumplido dos años, ha sido gracias a su respaldo y su confianza. Teníamos que aprender la parte desagradable del oficio y lo hemos hecho. Nos habíamos empeñado en mantener a flote una revista que el mes que viene cumple 34 años y aquí sigue, en su lozana madurez. Arriesgamos mucho, pero no había otra forma de cruzar la mar. ¿Que es un empeño compartido? No nos cabe duda. ¿Y que Quercus cumple una función en el panorama editorial español? También, sobre todo en asuntos relacionados con la conservación de la biodiversidad, que es lo que de verdad nos conmueve y nos alienta. Lo que da su razón de ser a esta encina o a este roble mensual, con pocas hojas, pero muy hondas raíces.
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