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Malthus tenía razón

lunes 29 de agosto de 2016, 00:36h

La población mundial de la especie humana ha pasado de tener unos 1.000 millones en el año 1800 a superar los 6.000 millones en el año 2000. ¡Un subidón de 5.000 millones en 200 años! En otras palabras, un crecimiento exponencial. Thomas Malthus publicó su Ensayo sobre el principio de población precisamente en 1798 y ya puso el acento en el grave problema que suponía su proyección desorbitada en un planeta donde los recursos son a la fuerza limitados. La polvareda que levantó en su época fue antológica y todavía resuena en los tiempos actuales. Son legión los que aún defienden un estatus de privilegio para nuestra especie, con profundas raíces en prejuicios religiosos, y se niegan a aceptar que somos, en términos biológicos, una auténtica plaga. Como todo el mundo sabe, Darwin, él mismo responsable de otra conmoción similar o todavía mayor, era un declarado seguidor de Malthus.

El pasado mes de julio, varios científicos encabezados por Tin Newbold publicaron un artículo en la prestigiosa revista Science en el que afirmaban que los cambios en el uso del suelo han provocado una pérdida de biodiversidad generalizada que se sitúa ya por debajo del umbral considerado seguro. ¿Seguro para qué? Pues para que el proceso pueda revertirse. Este dato contrasta mucho con las bienintencionadas pretensiones de la Comisión Europea para detener la pérdida de biodiversidad en el año 2020. Una meta que sólo afecta a Europa y se vislumbra como inalcanzable. Por otro lado, no deja de ser curioso que cuando se valora la pérdida de biodiversidad se haga con respecto a las expectativas humanas.

Las conclusiones de Newbold y sus colaboradores se basan en el análisis de 2’38 millones de registros sobre 39.123 especies en 18.659 lugares de todo el mundo recogidos en la base de datos del proyecto PREDICE. La principal de ellas es estremecedora: en el 58’1% de la superficie terrestre, que es el hogar de un 71’4% de la población, la pérdida de biodiversidad es suficientemente sustancial como para cuestionar la capacidad de los ecosistemas para sustentar a las sociedades humanas. Algo similar podía intuirse por mera lógica, pero la crudeza de las cifras es evidente. Sobre todo cuando la lógica también invita a pensar que buena parte de las necesidades de esas tres cuartas partes de la población mundial ya se satisfacen en el terreno que ocupa la parte restante. En otras palabras: exportan su impacto ecológico a otras regiones. Newbold sostiene que “para hacer frente a esto, tendríamos que preservar las áreas remanentes de vegetación natural y restaurar las tierras utilizadas por el hombre.” Pero, ¿cómo? Si la población sigue creciendo y la demanda es cada vez mayor. Otro firmante del artículo, Andy Purvis, adscrito al Museo de Historia Natural de Londres, es tajante al afirmar que “estamos jugando a la ruleta rusa ecológica.”

¿Apocalípticos o integrados? ¿Rebeldes o resignados? Es más cómoda la integración resignada, pero en Quercus hemos apostado siempre por una rebeldía basada en la mejor información científica disponible. La ciencia es neutra, una forma de responder a las preguntas que nos asaltan desde la época de las cavernas. Las decisiones, sin embargo, no lo son. Tienen consecuencias prácticas y hoy en día rebasan con creces el ámbito local. Algo así viene a decir Manuel Martín Vivaldi en el artículo que publica en las páginas 64-65 de este número de Quercus. De todas formas, nada de lo que ocurre en la casa común nos es ajeno y, si algo tienen las sociedades occidentales, es capacidad para marcar rumbos, para bien y para mal. Ya nos gustaría que, al menos en esta ocasión, fuera para bien.

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