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Cincuenta años con Joaquín Araújo

jueves 30 de enero de 2020, 21:50h

Este mes, en vez de un artículo editorial, es preferible una columna firmada. No era aconsejable tanta distancia. Conocí a Joaquín Araújo en septiembre de 1977, en la sede de Aepden (Asociación de Estudios y Protección de la Naturaleza) una ONG pionera y a estas alturas ya histórica. Era un tipo desgreñado y barbudo, con unas gafitas a lo John Lennon, que conspiraba en aquel piso destartalado que él mismo había alquilado. Seguramente por ser el único pudiente y capaz de firmar un contrato de arrendamiento. La sede de Aepden era un torbellino de actividad, pues se estaba preparando nada menos que la asamblea constituyente de la Federación del Movimiento Ecologista Español en Cercedilla, una localidad de la sierra madrileña.

El número 13 de la calle Campomanes fue en los lejanos setenta un vivero de activistas e ilusiones. Pura militancia desinteresada. Puro coraje. Por allí pasó lo más granado de una corriente hoy reconocida y consolidada. Un piso con mobiliario de aluvión, carteles por las paredes y bichos putrefactos en la cocina, que debería consagrarse como museo, como testimonio de una época dorada. Bien, pues allí Quine, nuestro Joaquín Araújo, ejercía como presidente y cabecilla de su núcleo fundador. Unos procedían de la Universidad Autónoma de Madrid, del Departamento de Ecología donde impartía su magisterio Fernando González Bernáldez. Otros venían desencantados de la entonces muy académica Sociedad Española de Ornitología y también de la muy institucionalizada Adena. Henchidos de libertad, de transición democrática, necesitaban un vehículo más asilvestrado para dar rienda suelta a sus inquietudes y eso fue Aepden. Andando el tiempo, los que allí empezamos como aprendices nos fuimos haciendo profesionales. Yo mismo participé en varias de las obras colectivas dirigidas por Quine y que seguían la estela dejada en los quioscos por Félix Rodríguez de la Fuente. Luego, ya en los ochenta, di el salto a Quercus y aquí sigo, enfrascado en otro empeño que parecía imposible.

Pero Joaquín Araújo cumplió cincuenta años de noviazgo con la naturaleza en 2019 y era preciso celebrarlo. Entre Ezequiel Martínez y Josefina Cabarga urdieron una encerrona en el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid, cuya reseña publicamos en la página 39 de este número de Quercus. Iba completamente engañado, pensando en la conferencia que debía pronunciar, y se encontró un salón de actos lleno de amigos que le recibieron con una salva de aplausos. Se los merece. Hay pocas personas que hayan dado tanto por la naturaleza en nuestro país. Con los años, Quine ha ido trocando el lenguaje agresivo de las asambleas de Aepden por uno mucho má literario e incluso poético. Necesitaba la lírica para expresar con propiedad sus sentimientos. En conferencias, locuciones de radio y escritos, encandila a la audiencia con una forma de expresión que sorprende por su hondura, por tocar fibras muy sensibles, sobre todo si también comulgas con esa percepción atávica del entorno y con la necesidad visceral de protegerlo. Dichas por Quine, las cosas caen por su propio peso.

Y luego están las Villuercas, la comarca extremeña donde ejerce de ganadero y agricultor, cuando no de plantabosques. Allí siguen los árboles, ya descollantes, que los suscriptores de Quercus ayudaron a sembrar. Desde su casa, desde el particular Walden que ha creado, apenas se divisan rasgos de civilización. O, mejor dicho, de barbarie. Ha sido mucho lo que ha forjado, en Madrid y en Extremadura, en compañía o en solitario. No queda más que agradecérselo y desearle, con una expresión muy suya, que la vida siempre le atalante.

Rafael Serra, director de Quercus

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